De cuando los bastones de senderismo se convirtieron en piolet de alpinismo
A las 11 de la mañana del sábado 22 de mayo de 2.010 aparcamos los coches unos metros antes de la cadena que cierra el carril de acceso al refugio de Peña Partida.
Desde allí las vistas son increíbles y justifican por si solas las más de 3 horas que se tarda en llegar desde nuestros domicilios. Las cumbres nevadas de los grandes colosos de Sierra Nevada, el Veleta, el Mulhacén y la Alcazaba, reclaman nuestra atención.
Comenzamos a caminar despacio por la loma del Monte Papeles siguiendo el rastro de una antigua acequia, saboreando el camino metro a metro sin darnos cuenta de que el tiempo, implacable, seguía transcurriendo mucho más rápido de lo que querrían nuestros corazones.
.
Ni siquiera al llegar a la primera cascada, dejando atrás un pequeño lago sobre el que se reflejaban las montañas nevadas que forman el circo, nos dimos cuenta del peligro que podía suponer seguir avanzando por aquel paraje cubierto de nieve, en cualquier momento nos podíamos hundir en el cauce de las aguas bravas que forman los Lavaderos de la Reina o lo que es peor, resbalar y acabar en el fondo de los muchos precipicios por los que teníamos que pasar.
Seguimos adelante, casi encordados, los unos pendientes de los otros, atentos a cualquier señal de ruptura del hielo sobre el que íbamos pisando, vigilantes de los menos diestros, los bastones convertidos en piolet, las botas en garras a falta de crampones, y poco a poco, con más de un tropiezo, casi sin respirar, conseguimos llegar a la gran cascada final y a la llanura que se extiende a sus pies donde paramos unos minutos para reponer fuerzas mientras veíamos a lo lejos por donde habíamos descendido, nos relajamos, creíamos que habíamos pasado lo peor y que tan solo nos quedaba un largo pero cómodo paseo hasta los coches.
No fue así, pensábamos que habíamos vencido a los elementos y éstos nos estaban reservando sus peores trampas, decenas de lenguas de nieve nos impedían constantemente el paso, peligrando y ralentizando nuestra marcha.
En este tramo del recorrido tuvimos que afrontar la situación más delicada de la jornada. Atravesando uno de los neveros que obstruían el camino, al borde de un precipicio, uno del grupo resbaló y al fondo del barranco hubiese caído sino llega a ser por otro que estaba al quite. Instantes después otro seguía su mismo camino. Vivimos momentos de tensión, solucionados gracias a, ¡como no!, la divina providencia y al esfuerzo y serenidad de todos. La intuición y los reflejos de Mianorca fueron decisivos para evitar que los resbalones acabasen en tragedia.
Tuvimos la fortuna de contar con Laura, once años, montañera experimentada, quién, pisando fuerte, abría camino en los neveros facilitando el paso a los demás.
Con todo, la noche se nos echó encima, ¡fue toda una experiencia atravesar neveros sin ver el fondo del abismo donde podíamos caer!.
A las 23 horas, doce horas después, por fin, llegamos a los coches.
En el siguiente vídeo se ve como uno de los montañeros, al dar un paso, se hunde hasta la cintura en la nieve:
La "Montañera de las chanclas rosas de fantasía" resbala pese a su formidable experiencia en la montaña y casi acaba en el fondo del barranco, "el abismo le devolvía su mirada":
Las 3 de la madrugada del domingo, en casa, en la cama, intento huir del cansancio y del sueño que me vence, no quiero dejar de ver el millón de imágenes espléndidas que van y vienen por mi memoria, ni el millón de gratas sensaciones que atesora mi alma por las vivencias de uno de los días más intensos de mi vida montañera.
Etiquetas: Lavaderos de la Reina, Sierra Nevada



















